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viernes, 11 de septiembre de 2020

Dos amigos

   

muy diplomáticos 


Mi abuelo Juan Brunet y su buen amigo y vecino, el Sr. Francisco Mur, de casa Galindro, estaban todo el día juntos. Con los demás eran bastante comedidos, pero entre ellos eran muy dicharacheros y se pasaban horas hablando, en el patués de Campo, desde luego,  enriquecido con todo tipo de expresiones y adornos retóricos acostumbrados.  

Ya en los últimos años de su vida, un día visitó el párroco de Campo a mi tía Dorita, como había hecho ya con la hija del Sr. Francisco, y le comentó que iba a venir el obispo de Barbastro en visita pastoral a nuestro pueblo y había manifestado su interés por saludar al abuelo y a Francisco, pues eran los más viejos del lugar. Quería saber si a ellas les parecía oportuno. Ellas dijeron que sí y los "seleccionados" también dieron su conformidad:

- Que venga, aquí mos encontrará -sentenció mi abuelo.

Y se fijó día y hora para la entrevista. La reunión sería en casa de mi tía.

Llegado el día "D", los pusieron lo más elegantes posible y se procedió a aleccionarlos un poco, porque, la verdad, aunque eran muy buenas personas y respetuosos con la religión, resulta que tenían la lengua un poco desatada, y, como era costumbre en aquella época y lugar, soltaban sin darse cuenta muchas maldiciones y palabras malsonantes. No me parece bien repetirlas, pero digamos que casi todas empezaban por "mecagüen". 

Un momento antes de que llegara el obispo, mi tía colocó algo de comida "para picar" sobre la mesa, y mi abuelo puso una jarrita de vino de un "tonelet" especial que tenía, y a mi hermano Rober se le ocurrió poner debajo de la mesa camilla, una registradora para ver si podíamos enterarnos, "a posteriori" de lo que habían hablado los tres tertulianos.

Ni que decir tiene que cuando terminó la entrevista y el obispo, muy contento y satisfecho se despidió,  nos precipitamos a escuchar el casette para ver si aquella pareja habían pasado la prueba,  y lo que oímos nos hizo saltar las lágrimas, de risa.

La conversación había sido amena y distendida,  eso sí, pero los muy tunantes habían sido muy falsos: se habían dedicado a nombrar, entre suspiros, a toda la Corte Celestial (a saber las caras que pondrían...). Nunca habíamos oído tanta jaculatoria, pues cada dos palabras soltaban un "¡Bendito sea Dios!", "¡Alabada sea la Virgen!", "Dios no quiera...", "Que la Virgen del Pilar nos ayude...", "La Virgen de la Carrodilla nos guíe..". etc etc, pero de taco ¡ni uno!

Y es que como bien dijo el abuelo, sabiendo lo que la gente quiere oír, no cuesta nada tenerlos contentos, ¿para qué les vas a dar mal rato llevándoles la contraria? Ni ellos cambiarán de idea, ni a ti te van a convencer de nada.

Diplomacia en estado puro. Y ganas de vivir tranquilo. 

                                                          Juan Brunet y Joaquín Mur

      

lunes, 17 de agosto de 2020

Vengo de la Luna

 


Vengo de la Luna.

He hecho un viaje de siglos. 

Me ha traído hasta aquí,

la voluntad firme

de querer vivir,

donde están los míos.

He sembrado el camino

de recuerdos que no comen los pájaros,

porque quiero dejar abierta

la posibilidad del regreso.

Al llegar he encontrado flores,

pero sé que después habrá frutos

y luego hojas secas,

porque en la Tierra

todo es efímero.

Pero quiero vivir

el vértigo de lo caduco,

y me he disfrazado de "terranauta",

y he aprendido 

el lenguaje de lo sin sentido.

Conozco los sentimientos quebradizos,

y la imposibilidad de estos seres

de medir con sus reglas

amores infinitos.


sábado, 8 de agosto de 2020

¡Pap! ¡no hay orquesta!

Parece ser que, debido a la situación sanitaria que estamos viviendo, las Fiestas de Campo, como las de tantos lugares, se han anulado. Bueno, como se suele decir, lo importante  es que estemos bien, y ya habrá tiempo más para adelante para las celebraciones.



Pero con el pensamiento, podemos seguir todos: 

Bailando 

al mismo  ritmo


Del programa de la Fiesta de Campo del año 2008:


«Las fiestas mayores de los pueblos son una feliz conjunción de muchas cosas. Las que yo recuerdo, de Campo, eran una amalgama de comida, bebida y música.

Por lo que se refiere al buen comer, la cosa iba de más a menos, en el sentido de que se empezaba con el aperitivo y los canelones de la copiosa comida del primer día y se terminaba con la sopa del tercer día, que ya nadie se molestaba en probar, pues todos estábamos agotados y medio dormidos.

El tema de la bebida, por el contrario, iba de menos a más porque, aunque se empezara consumiendo con moderación, a fuerza de ir acumulando vermuts, vino, champán y melocotón con vino, al final muchos andaban francamente cargados, como se solía decir.

Con la música era diferente, no había altibajos, era lo más importante desde el primer momento de la fiesta hasta el final.

El pasacalles de la víspera de la fiesta abría los festejos. La orquesta contratada para esos días desparramaba a los cuatro vientos sus notas «marchosas» y los expertos oídos musicales de nuestros paisanos no necesitaban escucharlas mucho rato, para saber si aquél año la orquesta era buena o si los de la Comisión "se habían lucido" (dicho con sorna montañesa)…

Fueran buenas o peores, a las orquestas que venían para la fiesta se las requería para varias prestaciones. Igual tenían que actuar en la misa mayor como en el concierto de la sesión "vermut", o en los bailes de tarde y noche. Para cada momento había una composición musical apropiada, un vestuario de los músicos acorde a la situación e incluso una actitud que podía ir del grave, en la iglesia, al concentrado de la hora del vermut, cuando interpretaban "los Sitios de Zaragoza", hasta el desenfadado, cuando a la hora del baile se desataban con el "Twist de Saint-Tropez".

Al acabarse las fiestas se marchaba la orquesta, pero algo quedaba suspendido en el aire y bien guardado en la memoria de los vecinos (y vecinas) de Campo: era el repertorio de las canciones que habían ofrecido en las sesiones de baile.

En aquellos tiempos en los que prácticamente nadie del pueblo tenía la oportunidad de escuchar la radio, y la tele no había llegado todavía, la actuación de la orquesta en la fiesta era la única oportuni
dad de descubrir, por ejemplo, los éxitos del Festival de San Remo, que en la década de los 60 era el certamen que ponía de moda las canciones que se iban a bailar durante todo el verano.

Gracias a las repetidas interpretaciones que las orquestas ofrecían de aquellos temas, todo el pueblo se sabía de pé a pá la letra de "Marina" (Marina, Marina, Marina, contigo me quiero casar...), la de "Buonasera signorina, buonasera" o la de "Dime cúando tu vendrás" (dime cuándo, cuándo, cuándo...).

No sé cuáles serían las canciones que 
mis padres escucharon y bailaron en su juventud. Me imagino que debían recorrer la plaza al ritmo de pasodobles, tangos y hasta alguna ranchera, además del “Tiro liro”. Sí que recuerdo lo que nos contó yayo Juan: que en su época se bailaban mazurcas y jotas. A nuestros hijos, que viven pegados a la música y dependen de su lector de mp3, lo que puedan oir en la plaza no creo que les impacte lo más mínimo: ni les anima a bailar ni le prestan ninguna atención.

De todos modos, a pesar de que la música cambia de un año para otro, en Campo existe un ritmo que marcan todas las generaciones juntas, un baile en el que todos participan, y al que acompasan sus movimientos piernas jóvenes y viejas. Se sigue bailando todavía el último día de las fiestas, del mismo modo que lo hicieron nuestros padres y abuelos (aunque con una cadencia un poco distinta, según opiniones expertas). Nos referimos, por supuesto, a la chinchana.

La chinchana es la gran ocasión que se presenta una vez al año para poder compartir todos juntos un rato de alegría, de diversión y de ganas de hacer pervivir una tradición. Mal comparado, la chinchana es como nuestro himno, un himno que en vez de cantarse se baila. Es una manera de manifestar que estamos contentos y que queremos disfrutar y ser felices con los demás, todos juntos. Bien pensado ¡que lástima que se baile solo una vez al año!»

(Fotos M. J. Fuster, año 2018)

martes, 7 de julio de 2020

La historia de una sencilla valla


Detalles que dan la vida


Cuando no había valla...
Mi madre siempre tuvo una salud delicada. De pequeña tuvo unas fiebres reumáticas que le dejaron secuelas en el corazón. De tanto en tanto sufría algún episodio importante que le impedía llevar una vida normal. El verano del "año no me acuerdo", en la década de los 60,  se puso muy enferma. Estaba todo el día en la cama y casi no tenía fuerzas ni para hablarnos. Mi padre estaba desesperado de verla en semejante estado de postración.
Un día, pronto por la mañana, se empezaron a oir golpes, voces y mucho jaleo de gente delante de casa. Mi madre nos llamó para preguntar qué pasaba y, cumpliendo "órdenes", le dijimos que no sabíamos qué era, que estaban trabajando todos los hombres de la carpintería y de la serrería delante de casa. A mediodía, aprovechando la pausa de la comida y de que reinaba la tranquilidad, mi padre le dijo a mamá:
- Victoria, quiero que te levantes y llegues hasta el balcón, vas a ver una cosa que te gustará.
- Hasta el balcón no podré llegar, Daniel. Dime ¿qué pasa?
- Sí que llegarás, mujer. Vamos juntos, tranquila, que yo te ayudo.
Y llegaron hasta el balcón y mi madre miró al exterior y se puso a llorar de felicidad: la valla que llevaba tanto tiempo pidiendo para la terracita que había delante de casa, estaba allí, ¡al fin! Pidió una silla y se sentó para disfrutar de lo que veía y no paraba de decir: "¡Que bonita! ¡que bonita ha quedado!" y ya no se quiso acostar. Y cuando después de comer reprendieron el trabajo los hombres que la estaban haciendo, le levantaban la mano para saludarla y le decían "Victoria ¡que tendrás que poner unas macetas por aquí! ¡no querrás tener esto sin flores!"  
Y mi madre, que siempre tenía una respuesta para todo, contestaba "Vosotros acabar vuestro trabajo pronto y no os preocupéis de las flores, que de eso me ocupo yo". Y miraba a mi padre con veneración.
 Y aquél verano, aunque no me acuerde bien de qué año era, se que también fuimos felices. 

viernes, 15 de mayo de 2020

La colcha


Labores

Foto gentileza de Mari Sancha

En Campo, como en todos los pueblos, a las niñas se nos enseñaba a hacer labores desde muy pequeñas. En la foto, vemos a un grupo de vecinas delante de casa de Magda Blanch, dándole a la aguja, al ganchillo y, ni que decir tiene, ¡a la lengua! que era lo más divertido. En este grupo están Mari y Asunción del Estanco, Joaquina Blanch, Mari Sancha, Carmeta, Marina y su hermana Asunción...
Mi madre no me podía ver sin hacer nada, "mano sobre mano" como decía ella, y en cuanto me pillaba tranquila y feliz perdiendo el tiempo, me mandaba hacer vainica, bodoques, punto de cruz o lo que fuera. Eso me "marcó" para siempre, y a estas alturas de mi vida, mientras otras "colegas" sensatas descansan, yo "le doy" al ganchillo o las agujas de hacer media desesperadamente.
La colcha de la fotografía que muestro a continuación, no es la que se menciona en el escrito que la acompaña, sino otra, que está en Campo y a la que no puedo hacerle fotos ahora... lo digo para las expertas, que enseguida se darán cuenta de que la colcha de la foto no es de "rosetas", como se explica, sino de "tiras"...  


Miro la colcha...

Miro la colcha blanca,
1350 rosetas blancas.
Cada roseta, unos 5000 puntos,
aproximadamente...
En total, unos 7 millones 
de embestidas al aire
con mi ganchillo del número 8.
¡Cuántas horas de mi vida,
de revolotear con las manos
y volar con la cabeza!
¡Cuántas horas agarrada al hilo,
por aferrarme
a algo concreto!
Extiendo la colcha grande,
blanca,
y mis ojos ven,
desplegados 
como en un abanico,
los sueños que mi pensamiento
ha tejido.

jueves, 19 de diciembre de 2019

Una historia de Navidad


para recordar

Cada año, desde que me casé, una semana antes de estas fiestas navideñas mi padre me hacía llegar  un  abeto a mi casa, en Barcelona. El arbolito era importante para mi, pero lo que mi padre me escribía en la tarjeta que lo acompañaba, lo era aún más. Me decía cosas como "Querida hija, he estado buscando por el monte el árbol más bonito, para que os acompañe estos días. Espero que te guste. Tu padre que te quiere".
Llegó el mes de diciembre del año  1981 y mi padre no estaba bien de salud. El día 17 me llamaron mis hermanos para decirme que si quería despedirme de él, que fuera a verlo; el 18 se murió y el 19 lo enterramos. El 20 ya estaba de vuelta en casa y salí con mi marido y mis hijos a comprar un arbolito de Navidad, el primero que nosotros comprábamos. Todo el mundo coincidía en lo mismo: no hay duelos cuando hay niños, la fiesta se hace por ellos, que disfruten ahora que pueden...
Las Navidades son así, todos queremos que nuestros hijos estén felices, que almacenen buenos recuerdos, que no noten ningún vacío, y por eso disimulamos con luces y lazos el espacio que han dejado las personas que hemos querido.


sábado, 23 de noviembre de 2019

La despensa


en OTOÑO

En todas las casas del pueblo había alguna estancia que cumplía las funciones de despensa, granero, bodega, rebost... El nombre y el espacio del habitáculo destinado a almacenar las provisiones para la alimentación de la familia, variaba según el tamaño e importancia de la casa y, desde luego, no era lo mismo la bodega que el granero, pero todos prestaban el mismo servicio: el almacenamiento de víveres.
Cuando llegaban estos meses de octubre y de noviembre, daba gusto acercarse por aquellos cuartos, repletos y olorosos. Recordando lo que depositaba mi madre en ellos, pienso en:
- Un saco de patatas, que íbamos reponiendo a medida que se acababan, pues la recolección entera se dejaba en la caseta del huerto.
- Tampoco faltaban las cebollas, que se depositaban en una canasta grande
- los ajos, colgados en la pared en ristras
- las manzanas, colgadas del techo con cuerdas
- los membrillos (coduños), colgados igual que las manzanas
- peras
- algunos racimos de uvas
- un saco de nueces del molino viejo y otro del Nugueret (unas eran gordas y las otras pequeñitas y redondeadas)
- tomate embotellado en tarros de cristal y botellas de todo tipo, que se utilizaba para guisar
- pimientos adobados en vinagre
- olivas en tinajas con agua del río
- algunos tarros de rovellons y otros de muixardons 
- judías que habíamos sacado nosotros de las vainas
- un par de saquitos de tela con orejones de melocotón (que se habían secado al sol)
- alguna calabaza para hacer cabello de ángel
- tarros de confitura de melocotón, mermelada de tomate...
- una tinaja grande con aceite (que habíamos comprado)
- alguna botella de vinagre, obtenido de algún vino agriado o que se había picado
- al menos, un par de toneles de vino, uno para diario y otro bueno
- leña cortada para la cocina
- serrín para las estufas
sin olvidarnos del "herbolario":
- ramitos de laurel
- anís en grano
- manzanilla...
Y después de esta abundancia vegetal, que llenaba la despensa gracias a lo que la Madre Tierra nos ofrecía en verano, llegaba la época en la que un vegetariano hubiera pasado mucha hambre por allí,  pues del techo ya no colgaba nada de nada, ni se veía una hoja ni un tallo por ningún sitio y, lo poco que quedaba, empezaba a ofrecer un aspecto muy poco apetecible (patatas grilladas, etc). Era ya el final del invierno y  principios de primavera, y entonces había que recurrir a otros alimentos: se procedía a la matanza del cerdo y las frutas y los frutos se transformaban en chorizos, longanizas, costillas de cerdo en aceite...


lunes, 26 de noviembre de 2018

Una clase muy pequeña


pero una gran maestra
La clase al completo
Cuando yo tenía 8 años (es decir, hace muchos... en 1955, para ser más exactos) mis hermanos Daniel y Fernando tenían 7 y 5, respectivamente, y Rober nació ese año, en el mes de octubre. Estábamos todos en edad escolar y pre-escolar (menos Rober...) y yo me tenía que preparar para el ingreso de bachillerato, así es que mi padre tuvo la idea de pedirle a una chica que había estudiado Magisterio, pero que no ejercía (¡tenía 18 años!)  si quería venir a Campo a  enseñarnos. Y ella, o sus padres, dijeron que sí.
Rápidamente hicieron en la carpintería cuatro pupitres, dos y dos, y un cuartito de casa pasó a ser "la clase". José Mari, el hijo del secretario, se añadió al grupo.
Ni que decir tiene que aquellos meses los he recordado siempre como tiempo feliz, entre otras cosas, gracias a Pili, nuestra flamante "maestra" que nos daba todo el cariño del mundo y nos hacía pasar muy buenos ratos.
Después de habernos perdido la pista, sin saber nada la una de la otra, hace un mes tuvimos la oportunidad de reencontrarnos. ¡Hacía 63 años que no nos veíamos! a pesar de lo cual, nos reconocimos enseguida.
Fue muy emotivo, además de descubrir cómo era esa persona de la que solo guardaba algunos recuerdos, el  poder hablar con ella sobre mis padres, mi abuelo, mis hermanos... Pero lo que también me impactó mucho fue el recuerdo que tenía de nuestro pueblo y cómo se acordaba de tantas personas. Por otro lado, a ella también la tenían muy presente quienes vivían por aquél entonces en Campo y es que, en los pueblos pequeños, la memoria es compartida (de una cosa te acuerdas tú, de otra me acuerdo yo), y es así es como nombres, personas y cosas perduran en el tiempo, los unos en el pensamiento de los otros.

miércoles, 31 de octubre de 2018

Allí


A mi madre
Allí donde pasean las lagartijas
y las hormigas forman
cientos de procesiones.
Allí, al lado de la puerta de hierro grande,
entrando a mano derecha.
Allí, al sol,
donde no llega la sombra de los cipreses.

Debajo del mármol blanco,
detrás del cristal roto,
en el nº 1 
de la ciudad de los muertos,
donde los días de viento te llega
el rumor de los chopos cercanos,
y del Turbón
el aliento fresco.
Allí está tu cuerpo.
Pero tú...

Tú estás en cada rincón de la casa,
en la salita, en la cocina,
en la terraza jugando con las flores.
Estás contenta, estás hablando,
estás cantando alegres canciones.
Estás a mi lado,
ahora y siempre.


Fotos gentileza de Magda Blanch y Angeles Navarri

lunes, 12 de marzo de 2018

Un padre fumador



Colgué este pequeño recuerdo a mi padre en otro de mis blogs, pero ahora pienso que a él le hubiera gustado estar más aquí, con las personas y las cosas de Campo:

A mi padre
Cara vieja.
Ojos de fumador,
acostumbrados a mirar humo.
Humo que envuelve,
que esconde.
Arrugas en el entrecejo,
demasiado tiempo
descifrando otras miradas,
a través del humo.
Humo que ha llenado muchas veces
la atmósfera del coche rojo,
la de la oficina vieja,
la del despacho nuevo.
Dedos amarillos
de filtrar humo.
Humo para las arterias,
para el pulmón,
para la garganta.
Ojos grises,
color de humo.
Toses intercaladas
de humo.
Carita delgada,
querida,
ahumada.

lunes, 11 de diciembre de 2017

¿Como preparaba mi madre la Navidad?


hace unos años... 


En la década de los cincuenta y los sesenta (¡del siglo pasado!) que es la época que yo más recuerdo de Campo, mi madre estaba siempre en plena actividad y al mando de la casa y, cuando digo mando, me refiero a mando mando. Como en aquél tiempo no se dejaba ningún resquicio a la improvisación, porque las circunstancias, comportamientos, gestos y dichos se tenían que repetir puntualmente según la estación del año, cuando se acercaba la Navidad tocaba empezar con el rito correspondiente y las amas de casa tenían que ir preparando con tiempo las provisiones para las fiestas.  También es verdad que  entonces no se podían dejar las cosas en el aire, porque no se podía solucionar  nada yendo a última hora a la tienda a comprar lo que faltara.
Primero, porque el abastecimiento de los comercios del pueblo era limitado, y no se encontraba de todo, como en los supermercados actuales. 
Segundo, porque las disponibilidades económicas de las familias solían ser también bastante limitadas, y había que intentar que cada casa fuera lo más auto suficiente posible, es decir, que se arreglarse con sus propias provisiones y se gastara poco dinero. 
Entre los preparativos que ponía en marcha mi madre, recuerdo:
- Asunto selección gallo del corral, para la comida de Navidad. Se elegía al que estuviera de más buen ver y se le dedicaban mensajes personalizados desde el instante de ser seleccionado hasta el día "D", tipo "¡que rico estarás con una buena salsa!", "¡mira que muslitos tiene....!" (reconozco que en estos tiempos parecen políticamente incorrectos...).   
- Selección de la gallina que debía ser sacrificada para el caldo de Nochebuena, para lo que debía determinarse cual era la menos "ponedora". A tal fin se solían cotejar las opiniones de las diferentes responsables del gallinero, que nunca coincidían.
- Acopio de huevos frescos para la elaboración de flanes y otros postres extra propios de estas fechas. Hay que comprender que si se recogían cada día dos o tres huevos del ponedor, no se podía esperar que las gallinas incrementaran esa cantidad por el hecho de que llegara la Navidad.... Ellas llevaban su ritmo y no se les podía pedir más, así es que había que intentar reunir poco a poco la mayor cantidad posible de huevos, dejando de comer tortilla de patata, huevos fritos o huevos pasados por agua.
- Romper la cáscara de las nueces que todavía estaban en la despensa  y dejarlas limpias para hacer los pastillos.
- Reservar hora en el horno para hacer los pastillos.
- Hacer algunas almendras garrapiñadas y guardarlas en unos botes de cristal (que habían contenido otros productos) bien cerradas.
- Controlar en la cocina las reservas de aceite (guardado en tenajas en la despensa), vinagre (de casa) y sal, para no tener que perder el tiempo yendo a buscarlos cuando se estuviera en plena actividad preparando la comida.
- Hacer acopio de leña y tenerla bien cortada y apilada junto a la cocina, para que no faltara combustible. Controlar si había cantidad de teas, tan útiles para el encendido.
Y con todas estas medidas y otras muchas que hoy se quedan en el tintero, la casa iba preparándose para recibir a la familia desperdigada por otros lugares, y celebrar las fiestas navideñas todos juntos. Sin salmón, ni ostras, ni capón, ni lubina.., sin ninguna exquisitez, pero con alegría.  

miércoles, 8 de marzo de 2017

Una historieta de Carnaval


Estrategia



La verdad es que no sé muy bien cómo se celebran los Carnavales actualmente en Campo, lo que sí recuerdo es cómo se vivían estas fiestas hace unos cuantos años (mejor no digo cuántos...). 
Entre lo que no podía faltar esos días, incluidos los crespillos, la longaniza, bromas, etc. era lo de "mascararse", que era el plato fuerte de la fiesta. ¿Y que era eso? pues ensuciarse la cara los unos a los otros con hollín de las cocinas o con azulete, del que se usaba para blanquear la colada. Los del sexo fuerte "atacaban" a los del débil y viceversa. Para que saliera bien la cosa, lo bueno era pillar desprevenido a alguien, y eso formaba parte del jolgorio. Entre la gente del pueblo todo pasaba amistosamente, pero visto desde "fuera" este juego belicoso no siempre se interpretaba bien, pero vamos, no llegó la sangre al río...
El último año que estuve en Campo para Carnaval, Enrique, "nuestro" Enrique de la pandilla de toda la vida, me persiguió un par de veces por la calle con las manos en alto manchadas de un azul rabioso, pero yo me escabullí. La segunda vez que conseguí poner tierra por mediio, para mayor seguridad, me refugié en el segundo piso de  casa (casa Molinero) donde había un cerrojo en la puerta de la escalera y era imposible llegar allí ni por las ventanas, ni por el balcón ni por ninguna parte. Mi madre me gritó a través de la puerta que tenía que salir a comprar, y yo, que no me fiaba ni de ella (podía estar confabulada con el atacante) le dije que yo me quedaba allí arriba para estar tranquila. Pero eso no estaba en los planes de Enrique, y se le ocurrió un plan.
Fue a casa de Mazana, vecinos nuestros de los que estábamos separados por la era de Aventín,  y en aquella época de "no móviles", les pidió si podía hacer una llamada de teléfono. Le dijeron que sí y llamó. El sabía perfectamente que el teléfono de casa estaba colocado estratégicamente en una esquina del pasillo del primer piso (antiguamente los teléfonos se instalaban en un lugar de "paso", normalmente el sitio más inhóspito de la casa, donde uno no podía tener conversaciones privadas ni siquiera sentarse en alguna parte mientras hablaba....). Aquel pesado aparato de baquelita negra empezó a sonar.
Al principio, decidí no contestar para no tener que salir de mi zona de seguridad, pero ante la insistencia, pensé que a lo mejor era algo importante y que mis padres me reñirían si no atendía la llamada, así es que abrí sigilosamente la puerta, miré  por el hueco de la escalera, bajé al piso de abajo y en cuanto alcancé el teléfono y dije el primer "diga", ya tenía toda la cara más azul que un pitufo. ¡Enrique había jugado bien su baza! ¡Me había pillado! Aunque hay que decir que el éxito de su estrategia no se debió solo a su insistencia, al haberme estado vigilando con unos prismáticos, etc. la verdad es que tuvo un cómplice cualificado ¡mi madre le había dado el soplo de dónde me escondía y le había facilitado la operación...! y es que ya me temía yo que estarían confabulados...

domingo, 18 de diciembre de 2016

Cosas de Navidad


Recuerdos 




Cuando llegan estas fechas  de Navidad, sabido es que las personas que sufren algún problema, lo acusan más. Uno se siente más solo, más desgraciado, más desesperanzado ante su propia realidad, cuando la compara con la alegría y felicidad que cree ver en los demás. No es envidia de que ellos disfruten, simplemente es tristeza por no poder hacerlo también.
Uno
Ya hace muchos años murió mi padre un 18 de diciembre en Campo y lo enterramos el 19. Hasta entonces, todos los años, nos hacía llegar a Barcelona el abeto que él mismo había elegido en el monte. No solían ser tan bonitos como los que vendían en las tiendas, pero para mi eran un tesoro, cuando pensaba en el tiempo que había dedicado al asunto y el cariño que había puesto en ello. Pero, aquél año, ya no tuvimos su árbol de Navidad.
Al regresar a Barcelona, el 20 de diciembre, lo primero que hice fue ir a comprar un arbolito. Mis hijos eran pequeños y disfrutaron igual que siempre. Ellos tenían la misma ilusión, pero a mi solo me quedaban los recuerdos y las tarjetas de visita con las que mi padre acompañaba cada árbol que nos enviaba, repletas de palabras tiernas, casi siempre las mismas o del mismo estilo: "Queridos hijos y nietos: he ido al monte esta mañana pensando en vosotros, y os he elegido este abeto que creo que era el más bonito, espero que os guste. Os abraza."  
La moraleja de esta historia sería que, el mejor regalo que podemos ofrecer no es el que compramos, sino lo que entregamos a los demás de nosotros mismos: nuestra atención, nuestro mimo, nuestro tiempo, las ganas que ponemos en hacerlos felices... esas cosas son las que perduran.  
Campo. Javier Fuster Reyes
Y dos
Otro recuerdo de estas fechas, también tiene que ver con mi padre y la Navidad, aunque hubiera podido pasar en cualquier otra fecha, pues la verdadera protagonista de la historia es la amistad, y la solidaridad también.
Era el 23 de diciembre, el día que mi madre celebraba su santo, Santa Victoria. Como en casa existía la buena costumbre de celebrarlo todo, celebraciones que casi siempre se reducían a una comida especial con algún postre y un poco más de buen humor, mamá decidió que, ese día, haríamos cena especial, porque mi padre tenía trabajo en Monzón y no estaría para la hora de la comida. 
Campo, nevada 2005. Javier Fuster
Hacía frío aquél año en Campo, estaba todo nevado y los coches tenían problemas para circular, pero mi padre dijo que tenía que salir de viaje a la fuerza pues tenía que resolver algunas cosas, y que procuraría volver pronto, a las 4 ó a las 5 pensaba estar de regreso. En la época de la que os hablo no había teléfonos móviles, y pocos fijos.
Cuando el reloj de la iglesia dió las seis de la tarde, mi madre ya no pudo disimular más su nerviosismo y empezó a decir.
"Es muy raro, muy raro, que no esté ya aquí. Ha dicho que a las 5 estaría de vuelta.
Intentábamos calmarla, pero no servía de nada, y el tiempo pasaba lento y rápido a la vez, y ya estábamos todos contagiados por el temor. Llamamos a Monzón y nos dijeron que había emprendido el camino de vuelta casa después de comer, antes de las 3 de la tarde, porque él mismo había dicho que la carretera de Graus a Campo estaba muy mal por la nieve. Nos quedamos de piedra, ya no sabíamos qué pensar.  A casa llegaban amigos y vecinos a ver qué podían hacer. Se organizó una especie de "gabinete de crisis" y allí cada uno iba lanzando una hipótesis. Ya eran casi las 8 cuando alguien tuvo una buena idea.
- Si ha pasado por Graus, seguro que Jesús lo sabe. Daniel no pasa nunca por allí delante sin decirle algo.
Llamaron a aquél amigo y les dijo que no, que lo había saludado por la mañana, pero que no lo había visto regresar y eso quería decir que, si había salido de Monzón a las 3, se había quedado en el camino. Los hombres que estaban en casa dijeron que salían inmediatamente a buscarlo, para ver si lo encontraban por la carretera de Barbastro a Graus, pero Jesús les dijo que estuvieran tranquilos, que él, con su hijo y otras personas con las que contaba, llegarían antes a esa zona. De todos modos, un grupo de los que estaban en casa emprendieron camino a Graus, porque si daban con él, podrían traerlo a casa.

Al cabo de un par de horas, llamaron los amigos de Graus para decir que lo habían encontrado. El coche de mi padre se había salido de la carretera y se había caído por un barranco. Allí no había nieve, sino mucha niebla. Fue una suerte que lo divisaran, porque probablemente, si hubiera permanecido toda la noche a la intemperie y malherido no hubiera sobrevivido. 
Poco más tarde de una hora, llamaron al timbre de la puerta, que siempre estaba abierta. Extrañada bajé a ver quien era y me encontré a mi padre de pie, todo ensangrentado, pues como después supe, llevaba varios dientes rotos. Se me abrazó llorando, no podía hablar. Me dijeron los amigos que le acompañaban que la gran preocupación de mi padre era que mamá le viera en aquél estado, no quería que se asustara. También contaron que habían querido llevarlo al médico, pero él solo pedía que lo llevaran a casa.
Aquellas Navidades fueron especialmente emotivas. Eso sí, mi padre solo se pudo alimentar de caldo, que bebía en un porrón pequeño. Pero estábamos juntos y todos éramos conscientes de que aquello era casi un milagro. Un milagro que había hecho posible la amistad.