La "historia" de hoy, empieza con una carta que encontramos depositada en un Archivo de la provincia. Data del año 1792, año de la Revolución Francesa y, gracias a ella, podemos constatar de qué manera, un hecho que parecía que no tenía nada que ver con nuestros pueblos, pronto se dejó sentir en ellos. Otro día, hablaremos sobre la autoría de las diferentes misivas.
"Benasque, 16 de enero de 1792
Pepa:
Sólo me espero repares como ha quedado mi corazón, pues los ojos no se me enjugan, aunque me templa la resignación y el temor de Dios, conque todos me asegurais murió, y no me quedan dudas fue en amistad de Dios, por lo que a boca te diré, porque no puede ser por escrito.
Ahí tienes otras dos cartas que he recibido hoy. Guárdalas, que mal no pueden hacer, más, con los efectos que resultaren.
Don Blas tomó los recados y te los remitió a la letra, como la lista que yo te envié y más ocho libras de chocolate del todo bueno, que yo posteriormente le mandé te enviase, porque con lo que él hizo no te podía llegar a tiempo, por no tener ni haber conducto ni arriero por el mal temporal, pues el correo ha llegado hoy y tarde, habiendo de haber llegado anteanoche, conque, qué tiempo haría.
Por Dios y por toda la corte celestial te pido te cuides, a las hijas solo les pido su cuidado y su recato y a la Margarita que mire cómo curarse, pues ya ha visto la tenacidad de sus ideas a lo que trae a las personas, y lo mismo digo a la Sebastiana, de la que nada me dices de lo que te tengo preguntado, y Dios sabe como me tiene este cuidado.
Me dirás lo que te falta para la vuelta de correo, para disponer te se remita, sea lo que fuere, y si los recados te han llegado buenos y sin defecto, porque a mi me dicen que todo se te ha remitido muy especial. Piensa que no quiero que nada te falte, porque solo en la memoria, a ratos me desasosiego,
No ceses de pedir a Dios por el feliz éxito de mis negocios, tanto por el de Salinas, que sin duda saldrá bien con el favor de Dios, como de los que sabes, y de otro que se me ha venido a la mano, más interesante que todos los de Salinas, de forma que es de mucha miga y espero en Dios salir de él con felicidad, lo más largo para la Cuaresma.
Si las cosas se ponen como espero en Dios, puede que te conteste el que con toda la familia y presto te vengas, y entonces sí que saldré y con el favor de Dios, a recibirte a Zaragoza.
Al Sr. Racionero, que la tenga hecha por propia y, que me refiero a la especial del Correo pasado, sobre cuyo objeto no ceso de trabajar, y que tuviere a bien hacerme el servicio que le tendré de demandar de acompañarte a ti a Zaragoza, que también será señal que a mi mis negocios habían salido de forma, que la miga era de tal sustancia, que para todo daba de sí.
A Margarita, que Madrid sólo es bueno para divertirse la juventud, como ya lo sabes, pero que no soy de parecer, por más venturas que Dios mande, que de aquí venga su restablecimiento, pero que, finalmente, Dios dirá.
A Pepe, que le estimo mucho, que estudie y de gusto a su madre, y que ya le tengo una chupa de tisú para la Semana Santa, y a Xiaberito otro vestido mejor, para que no llore y divierta a su abuelo.
Todos te devuelven sus recuerdos y tú los dices de los míos a todos, y a los hijos mil besos y abrazos. Y a ti, que Dios te guíe, cómo sin cesar le pido. Tu más fino amante. Pepe."
Don José puso la carta dentro de un sobre y llamó al zagal que le hacía los recados, ordenándosele que fuera inmediatamente a entregarla al Teniente de Infantería, que se encargaría de hacerla llegar a Madrid en el menor tiempo posible. El se acercó al calor del fuego que languidecía en la chimenea del salón, y allí se quedó sentado con su pensamiento todavía puesto en Pepa y en sus hijos ¡Dios mío! ¿Que hacía su familia tan lejos? ¿Quién había podido convencerle de que ese viaje iba a resolver algún problema? La culpa no había que buscarla en nadie más que en él mismo. Sí, él solo había llegado a la conclusión de que necesitaba alejar urgentemente a Sebastiana de aquel maldito Juan, que no la dejaba tranquila. Margarita había ayudado a madurar la idea, porque ella cada vez andaba peor de salud, desde que le entró la manía de que quería a ir a Madrid a visitar a sus primas, y conocer un mundo que no existía en ninguna parte, salvo en su cabecita llena de fantasías. Hasta pensó que sería bueno para Pepa una aventura semejante, ya se merecía la pobre alguna alegría en la vida. Pepa, ¿y ahora? ¿Debía decirle que emprendiera el viaje de regreso antes de que fuera demasiado tarde? ¿Era razonable traer a la familia aquí, cuando cada día estaban llegando más militares y las relaciones con Francia hacían presagiar lo peor? ¿Era más seguro que se quedaran en Madrid? Pero ¿cómo hacerles llegar todo lo que necesitaban para su sustento?
"Madrid, 12 de febrero de 1792
Pepe:
Tu carta la acabo de recibir ahora. La he leído y se la he leído a nuestros hijos varias veces. Dios haya acogido en su seno al pobre Joaquín que en paz descanse, que a no dudar así habrá sido, por la buena disposición que en estos últimos años mostró, y en el postrer momento parece ser, según nos dices, hizo prueba de arrepentimiento. Para vuestro padre sé que este es un trance muy duro. Ahora a vuelta de correo le mando una carta a él dirigida.
Te preocupas por todas nuestras cosas, pero poco nos cuentas de tu estado de salud y de tus ánimos. Yo, desde aquí, no puedo hacer nada más que confiar en que este periodo de separación sea ya corto, pues sobrepasa todo lo que habíamos estimado.
Todo lo que nos habéis mandado, ha llegado a nuestro poder en buen estado, y ya puedes agradecer de mi parte a Blas las buenas diligencias que ha hecho para que así fuera, de momento no os pediré nada más, pues confío en que Dios querrá ayudarnos a que sea posible volver a casa para Semana Santa.
Como me dices que en mi anterior carta no te hablo nada de Sebastiana, de la que se que andas tu cavilando muchas cosas, quiero que sepas que yo la veo más serena y resignada, y que hasta hay momentos en que hasta se la ve contenta, y lo único que me retiene sin pena aquí en Madrid, es ver el estado en que ella se encuentra, pues mucho me temo, y Dios no lo permita, que al volver a Benasque no haya de empezar ella con sus inclinaciones por la persona que ni mentar quiero.
Margarita ha tomado peso y creo que ese viaje le ha hecho mucho bien pues, el mismo distraerse de su enfermedad, le ha dado fuerza y la tienes muy agradecida por habérselo permitido.
Los niños están deseando volver a casa y poder correr por aquellos campos y no disfrutan ellos de ninguna ventaja de las que Madrid ofrece, sino de todos sus inconvenientes; así es que pedimos todos al cielo que te salga bien ese negocio del que tanto bien esperas, y que nos puedas dar el aviso de que empecemos el camino de regreso, y una gran cosa sería que tú pudieras salir a esperarnos, tal como dices, a Zaragoza, pues ya contamos todos las horas que nos faltan para verte.
Dios quiera que haya paz suficiente para permitir nuestro desplazamiento y que, la situación que se dice un tanto deteriorada con el reino de Francia, no ocasione ninguna alteración en Benasque y nos permita la vuelta a casa. Que Dios te proteja. Con todo el amor, Pepa".
"Benasque, 12 de marzo de 1792
Querida Pepa:
La única alegría que me resta hoy día, es tener noticias vuestras y saber que estáis bien de salud y que no os falta nada. Vuestras cartas las he recibido hoy por la mañana, y ya estoy contestando aunque sea brevemente, porque el correo parte de nuevo mañana y quiero aprovechar la ocasión.
Padre estaba muy emocionado con la carta que le has escrito, y él te encuentra a faltar casi tanto como yo, y se lamenta siempre de no haberte tenido aquí en estos malos momentos que hemos vivido, que para él hubiera sido tu compañía de gran alivio y confort.
Mucho me gustaría, Dios lo sabe, poder fijar ya la fecha del viaje de vuestro regreso, pero las nuevas que tengo para daros no son buenas, y necesitaremos todos mucha paciencia y buena disposición para aceptar los hechos tal cual están evolucionando.
Aunque es mejor que esto quede entre nosotros, debo decirte, porque sepas la verdad, que la situación por Benasque no es buena, y que cada día llegan aquí nuevas gentes huyendo de Francia, que alarman a la población con el recuento de lo que por aquellas tierras está aconteciendo, y esto trae una gran inseguridad para todos nosotros, porque los negocios se paralizan, que nadie quiere arriesgar su plata en asuntos que no se presentan ciertos. Y de aquel negocio del que te hablé, que tan bien se presentaba y tanto nos tenía que reportar, ahora ha quedado en nada, por ese miedo que todos tienen. Y las dificultades crecen por doquier, que la gente se retrasa en el pago de las rentas y parece que todos se preparan para un desastre, que no se sabe por donde ha de venir. Y no te cuento todo esto para alarmaros, sino porque no dudes de las ganas que tengo de veros, y cuando digo que el viaje aún no es posible, debéis pensar en el gran dolor que eso me causa, que la separación se me hace cada día más difícil y, la esperanza de reunirnos pronto, decrece.
Os envío todas las libras de las que ahora puedo disponer, y a buen seguro antes de unos quince días podré mandaros algo más. Al Sr. Racionero ya le mando también ahora una carta con algunas recomendaciones, que me parecen pertinentes sobre vuestra estancia en Madrid.
Lo único que me consuela es pensar que Sebastiana y Margarita están a mejor recaudo en Madrid que en esta villa, cada día más invadida de gentes procedentes de no se sabe dónde, de dudosa ralea. Pepe y Xavierito me faltan mucho y su abuelo los reclama constantemente, que tiene miedo de morir sin haber vuelto a verlos.
Cuéntame Pepa lo que tú piensas sobre esta situación que nos toca vivir, que yo estimo que es tan extrema que no podemos permitirnos disimular nada, por intentar evitar preocupaciones, pues tenemos que procurar obrar con el mayor conocimiento de causa posible.
Mil abrazos para todos, de quien mucho os quiere. Tu amante marido, Pepe".
"Madrid, 16 de abril de 1792
Querido Pepe:
Cuando pienso que en estas fechas debíamos emprender el viaje de regreso a casa, y ahora cada día parece más lejano ese acontecimiento, me invade una gran tristeza que no puedo remediar con nada. Comprendo bien cual es tu razonamiento para que continuemos aquí, y que la situación que impide nuestro regreso no es culpa de nadie, sino voluntad de Dios, pero necesito de una gran fortaleza de ánimo para seguir adelante, y a veces no la tengo. Espero que me tengas en tus oraciones, y por ti y por nuestros hijos buscaré fuerzas donde no las tengo.
Nuestras economías se van reduciendo y tendremos que prolongar el alquiler del hotelito, espero no encontrar problemas para hacerlo. Tu hermana y su familia tienen previsto marchar a su residencia de Aranjuez para el mes de junio, pero nosotros no podemos permitirnos ir tras ellos, eso supondría un desembolso que no está a nuestro alcance. Bueno, es verdad que sin ellos la estancia en Madrid va a ser más difícil porque nos encontraremos solos, aunque aún nos quedarán buenos amigos con los que sentirnos protegidos, como el Sr. Racionero. Teresa me ha ofrecido llevarse a Sebastiana y Margarita con ella durante las vacaciones estivales, pero no creo que tú lo aprobaras y yo también estaré más tranquila y más acompañada estando con ellas cerca.
A los que se les hace más largo el tiempo es a Pepe y a Xabierito, que ya están detestando este Madrid y, a medida que llega el buen tiempo, van añorando más las correrías por Benasque.
Poco puedo contarte de lo que acontece por Madrid, que a buen seguro estarás tú más informado desde allí, que lo que yo pueda estarlo aquí. Después del cese de Floridablanca, hay muchas esperanzas puestas en el conde Aranda, al menos tenemos un paisano bien emplazado. Dios quiera que pueda enderezar las relaciones con los franceses.
Pienso mucho en padre y me lo imagino triste y sin ánimos, ¡con lo que disfrutaba él con estos hijos nuestros, y que en estos momentos se haya de encontrar tan solo!
No pasa un día sin que pidamos a Dios por ti, y aquí continuaremos con la ilusión de que pronto un día nos mandes llamar y podamos volver a estar todos juntos en casa. Dios lo quiera.
Con todo el cariño del mundo, te abraza. Pepa".
Don José se sentó delante de la mesa de su escritorio, tomó la pluma, preparó la tinta, puso la data sobre el papel de escribir y se quedó pensativo. No podía pasar otro día sin mandarles noticias a la familia, algo les tenía que decir. ¿Pero qué? No era cuestión de repetirles una y otra vez que los encontraba a faltar mucho, que pensaba en ellos constantemente, que solo vivía con la ilusión de volver a verlos. Tenía a estas pobres criaturas lejos de su casa desde hacía cinco meses. Lo que empezó siendo una andadura gozosa, se estaba convirtiendo en un calvario. Ellos querían volver a Benasque, querían estar en casa. También ellos los encontraban a faltar a él y a su abuelo, y a todo la familia y los amigos que tenían en el pueblo. ¿Qué podían hacer tantos días en una ciudad como Madrid? Ahora que se marcharían sus tíos y primos, se iban a encontrar allí solos, viviendo de una manera provisional en una casa alquilada y, además, sin muchos recursos económicos, porque él ya no les podía mandar nada más, no sabía dónde echar mano, para reunir unas pocas libras que pudiera enviarles ¡Se necesita tanto para vivir fuera de casa! Y ahora llega el verano, y necesitarán hacerse algunos trajes, porque se marcharon sólo con la ropa de abrigo y, gracias a Dios que parece que Margarita está mejor y se ha curado de la tos y de sus manías de no comer, para ser una señorita fina. ¡Si al menos pudiera decirles que volvieran ya! o ¡si él pudiera llegar hasta ellos, aunque solo fuera unas horas, el tiempo de abrazarlos y volver a verlos! Pero las cosas no mejoraban para nada. Cientos de hombres iban llegando a Benasque y había que defender su tierra y sus propiedades de toda aquella chusma. Su padre ya no estaba capacitado para hacer frente a una situación así, la muerte de Joaquín le había dejado demasiado desamparado ¡si al menos tuviera a su familia alrededor para distraerlo! pero ahora estaban los dos solos, bien solos. Y Pepa, ¿cómo debía andar de ánimos? Mal, seguramente muy mal. Desde que se habían casado, hace ya 23 años, nunca había estado ni quince días fuera de casa. Ni cuando viajaba a los Molinos por algún asunto familiar. ¡Cómo debe encontrar a faltar su casa! ¿Qué podría decirles?

"Benasque, 18 de mayo de 1792
Querida Pepa:
Me he retrasado en la contestación de tu carta, porque esperaba poder escribirte otras noticias distintas de las que ahora pasaré a darte. Si al menos hubiera conseguido encontrar una alegría para ofrecerte, hubiera sido bien empleado este tiempo del retraso, pero ni siquiera eso, que parece que Dios nos ha abandonado un poco de su mano, aunque no quiero lamentarme y parecer ingrato, que en estos tiempos que corren no somos nosotros los más mal parados, que a Dios gracias, aun estamos bien de salud y hay personas sufriendo penas mucho más grandes, a poco que miremos a nuestro alrededor.
Hasta una cosa buena que podría deciros se torna en mala cuando la pienso, pues quería hablarte del buen tiempo que estos días ya tenemos, que ya está verdeando la montaña por todas partes y que en un par de semanas tendremos aquellas florecicas que a ti tanto te gustan. ¡Cómo me duele no poder disfrutarlas juntos! La huerta anda muy retrasada, que aquí Blas estaba esperando órdenes tuyas, pero ya al final le he dicho que haga este año como mejor le plazca, y él va a poner lo mismo que el año pasado tú le aconsejaste.
Por aquí los ánimos andan muy alterados y la gente manifiesta su descontento por todo, y nadie se priva de dar su opinión o tomar partido por una causa u otra, sin ninguna consideración ni respeto. Cómo se añoran aquellos tiempos de nuestro buen rey Carlos III, que ahora, mientras todos hablan sin pudor de todo, me encuentro que yo nunca pude decir menos, pues igual me acusan de clerical como de revolucionario.
Espero poder daros alguna buena noticia ya pronto, mientras tanto, mil abrazos y besos a nuestros hijos y para ti, Pepa, todos mis pensamientos Tu amante esposo. Pepe".
"Madrid, 19 de junio de 1792
Querido Pepe:
No se puede imaginar desde Benasque, lo solo que se puede encontrar uno aquí en Madrid. Miro desde la ventana esta calle siempre tan llena de gente y aún me entra más desesperación, al pensar que no puedo dirigirme a nadie.
Desde que se ha marchado tu hermana y su familia, nos hemos quedado sin saber qué hacer, pues cuando ellos estaban aquí, todo era diferente, ya que por las tardes nos íbamos a su casa y Sebastiana y Margarita se divertían con sus primas y hasta Pepe y Xabierito pasaban buenos ratos, pues a aquella casa solían acudir otros niños. Ahora, solo salimos para ir a misa y alguna tarde nos acercamos a pasear a la Alameda, a ver si se entretiene un poco Sebastiana, que me parece a mi que se está poniendo melancólica otra vez, y me da por pensar que es que se recuerda de su Juan, que ya no se si se lo podremos sacar de la cabeza algún día.
La que está muy bien es Margarita, que cada día come más y está más animada, y habla de Benasque como si fuera el Mejor sitio del Mundo ¡para algo habrá valido este viaje a Madrid!
Los niños me dan más pena, que aunque sus hermanas procuran distraerlos, ellos solo piensan que ahora podrían estar pescando truchas y barbos allí en el río, y ahora tienen que quedarse aquí cerrados en casa.
Ya me gustaría ver la huerta, aunque me dices que está atrasada, y aquellas florecicas, que hasta me parece que ya las huelo. De todas maneras, se que Blas tendrá buen cuidado de todo, y le dices de mi parte gracias.
Como me pediste que fuera sincera y te contara lo que yo pienso, pues no tengo reparos en decirte lo último que me ha venido a la cabeza, que a lo mejor tu piensas que es un desatino, pero es que yo no se qué cavilar para poder acercarme un poco a casa, y poderme reunir contigo. El otro día me dio por pensar, que si el traslado a Benasque no te parece oportuno, a lo mejor podríamos llegarnos una temporada a los Molinos, que siempre estará más tranquilo, y tu y yo sabemos, que allí seremos bien recibidos por mi hermano y su familia. Ya me dirás tu parecer.
Por hoy me despido no sin mandarte un abrazo de mi parte a padre, que se cuide mucho y que haga caso a María, que ella sólo quiere su bien. Con todo el cariño del mundo te abraza, Pepa."
Cuando José acabó de leer la carta de su mujer, pensó que, verdaderamente, había llegado el momento de tomar una decisión, las cosas no podían continuar así indefinidamente. La idea que ella apuntaba, ya había pasado por su cabeza en más de una ocasión, pero la había rechazado enseguida sin saber muy bien por qué... ¿Seguro que no lo sabía? Sí, bien pensado, sí que lo sabía, no era tan difícil de adivinar. Tenía que reconocer, que si le costaba aceptar esta solución era, simplemente, porque no le apetecía recurrir a la familia de su mujer para solucionar sus problemas, pero ¿se podía permitir ser tan egoísta? Por una simple cuestión de orgullo, tenía a su familia sacrificándose lejos de casa. Estaba seguro que el hermano de Pepa respondería favorablemente en esta ocasión, mejor de lo que lo había hecho su propia hermana Teresa, que los había abandonado a su suerte.... Así que, animado con esta idea, ante la esperanza de volver a tener a su familia cerca otra vez, don José se puso a escribir a su mujer.

"Benasque, 20 de julio de 1792
Querida Pepa: !Qué alegría y qué fuerza me ha dado tu carta! es como si hubiera estado durmiendo durante meses y tus palabras me hubieran vuelto a la vida. El dirigirte de Madrid a Los Molinos me parece una gran idea, que yo también pienso que, de momento, allí estaréis más tranquilos y, a la vez, os tendré más cerca. Ahora mismo escribo a tu hermano, del que no dudo ha de prestaros toda su ayuda, y le envío la carta por un recadero que me traerá su contestación a la vuelta. Padre dice que saldremos los dos a esperaros, no hasta Zaragoza, que no puede ser tal como están las cosas, pero al menos hasta Campo, que él también quiere veros pronto, cuanto antes, y luego se le haría más largo el camino hasta los Molinos.
Mando también al Sr. Racionero instrucciones para poner en marcha el viaje y pedirle que si os puede acompañar hasta Zaragoza, que a partir de allí, ya he de encargar yo a alguien que cuide de vosotros.
No puedo ahora escribiros más, que la impaciencia que siento por todo lo que quiero hacer no me deja ¡Dios mío! ¡Cuantas ganas de veros tengo.
Mil besos y abrazos para mis queridos hijos y para ti Pepa, todo el cariño. Tu amante marido. Pepe."
"Madrid, 25 de agosto de 1792
Querido Pepe:
Ya te tenía otra carta escrita, cuando me he enterado de la última noticia ¡Dios mío! ¿Que va a pasar ahora que se ha proclamado la República en Francia? Ahora que teníamos la felicidad tan cerca, que parecía que ya se nos había acabado este calvario y que faltaba tan poco tiempo para volver a vernos! Podremos emprender el viaje? Yo estoy convencida que debemos hacerlo tal como habíamos pensado, pero he hablado con el Sr. Racionero y él es partidario de esperar unos días, a ver qué cariz toman las cosas, aunque yo creo que no es más seguro, ni más conveniente, continuar aquí en Madrid solos. Tampoco quiero que mi impaciencia ponga en peligro a nadie ¡Tanto llevo ya esperado!
Esperamos noticias tuyas, con tu consejo. Como siempre dependemos de ti. Sebastiana y Margarita están ilusionadas, aunque también inquietas, pero los chicos, que no se dan cuenta de las cosas, están locos de poder empezar el regreso.
Yo también te mando mil besos y abrazos. Te necesita y te quiere más que nunca, Pepa."
Bien desesperado andaba don José después de leer la carta de su esposa, pues no hacía mas que culparse a sí mismo por no haber sabido decidir, hacía ya unos meses, lo que ahora habían decidido ¡cuánto sufrimiento que se hubieran ahorrado! Y ahora, ¡cómo se complicaban las cosas! ¿Es que se han vuelto locos los franceses? ¿Pero a dónde quieren ir a parar? Y el rey de España ¿se va a quedar impasible o arrastrará al país a la guerra? ¿Se contagiarán las ideas de los revolucionarios franceses a tanto descontento que hay en España? Todas estas preguntas y muchas más, iban atormentando a don José, cuando María, la gobernanta, se asomó a su despacho.
- Don José -le dijo la mujer con una voz completamente inusual, en ella, por lo sumisa.
- ¿Qué pasa, María?
- Que tiene visita -contestó ella.
- Y quién es, a estas horas? -interrogó extrañado el amo.
- Es el chico de Mur, Juan.
- ¿Juan de Mur? ¿Y cómo se atreve a entrar en esta casa? Ya puedes decirle que salga inmediatamente de aquí, si no quiere que lo saque yo a la fuerza -respondió el hombre airado..
- ¡Dios bendito, don José -le dijo la mujer, ya con la actitud desafiante característica en ella y un tono de voz autoritario -¡que con los tiempos que corren poco pierde Vd, en escucharlo!
Y antes de que el amo pudiera decir que sí o que no, ya asomaba la cabeza de Juan por detrás de la puerta.
- Don José, discúlpeme, pero es que yo quería hablarle... - y en dos pasos el mozo se colocó delante de don José, sorprendido de la osadía del joven.
Y Juan pasó a decir en voz alta lo que los dos ya sabían... que él y Sebastiana se querían desde que eran niños; que para él no había habido otra zagala más que ella... También supo don José, de labios del joven, lo que hace tiempo intuía: que el joven estaba muy solo desde que murió su padre, y que a pesar de las ganas de trabajar que tenía y de que las ideas no le faltaban, se sentía muy desorientado en estos tiempos de tanta inestabilidad, y necesitaba a alguien en quien confiarse. También le explicó, con dignidad y modestia, lo que podía ofrecerle a su hija y a él, don José, al que quería considerar siempre como un padre y, a cambio, le pedía autorización para casarse con Sebastiana, que nada más necesitaban para ser felices.
Y el pobre don José se sintió desbordado por los acontecimientos, y por el torrente de palabras y argumentos que le daba Juan, y, además, comprendió que nunca podría perdonarse rechazar un ofrecimiento como el que acababan de hacerle, porque él conocía a ese muchacho desde que había llegado a este mundo, y sabía que era sincero y bien intencionado. Así es que se dejó transportar por la bonanza que le invadía el corazón y acogió en sus brazos a su futuro yerno, decidido a olvidar ya conveniencias sociales y otras mezquindades con las que se complican las gentes. Juntos se pusieron a organizar el viaje de regreso de Madrid para toda la familia, y al final del día, don José pudo escribirle a su esposa:
"Benasque, 15 de septiembre de 1792
Querida Pepa:
Mucho te sorprenderán las noticias que vas a encontrar en esta carta, que pienso van a ayudarnos a cambiar la situación de esta familia nuestra, y tengo el convencimiento y la fe en Dios que ha de ser para mejor.
No quiero entretenerte con disquisiciones superfluas, y paso ya a relatarte los últimos acontecimientos. Andaba yo por casa el otro día, muy desasosegado por las últimas noticias que nos habían llegado de Francia, cuando se me presentó Juan de Mur. Ya puedes figurarte cual fue mi reacción, pero él no se dejó acobardar y, antes de que me diera cuenta, ya me estaba explicando el motivo de la visita, y los planes que tenía para el futuro. Pepa, no se si en otro momento de la vida me hubiera comportado yo de igual manera, pero ando desde hace tanto tiempo tan solo y preocupado con nuestros problemas, que el verme enfrente de una persona que me hablaba con el corazón, y que se brindaba a compartir mis dificultades, me hizo mucho bien. Es un buen muchacho, tú lo sabes tan bien como yo, y no se encuentra a nadie que pueda decir algo en contra suya. Bien es verdad que habíamos pensado otra cosa para nuestra Sebastiana, que virtudes y cualidades no le faltan para poder aspirar a un buen partido, pero en estos tiempos que nos ha tocado vivir, nadie puede saber dónde podrán encontrar la felicidad estos hijos nuestros y, lo más seguro, es buscarla junto a la persona que se ama, que yo creo es el caso de esta pareja.
Espero con impaciencia tu parecer sobre este asunto, y es mi deseo que te sientas conforme con esta decisión, que en circunstancias normales nunca hubiera tomado sin tu consentimiento. Ya hablarás con Sebastiana, que me imagino estará feliz, y ruégale de mi parte la máxima discreción y recato, pues, si no cambian los planes que hemos hecho, será el propio Juanito el que os salga a esperar a Zaragoza, ya que los últimos acontecimientos nos hacen temer más por el buen desenvolvimiento del viaje, y si él os condujese, yo estaría más tranquilo.
Padre está muy animado con las últimas nuevas de la familia. Espero que fijéis el viaje para no más tardar la primera quincena de octubre. ¿Sigue estando Margarita tan animada?
Con el pensamiento puesto en el día en que volveré a veros, te manda miles de abrazos para ti y los niños, tu amante marido que te quiere. Pepe."
Madrid, 15 de octubre de 1792
Querido Pepe:
Es esta la última carta que te mando desde Madrid, Dios lo quiera. Para el 30 de este mes, esperamos estar en Zaragoza, y allí nos alojaremos en el mismo sitio de siempre, para esperar a Juanito o a la persona que tú mandes por nosotros. Hasta Zaragoza vamos con el Sr. Racionero, que está disponiendo todo para el viaje, y te hace una relación de los últimos sucesos, que manda por correo aparte. Nos hemos retrasado unos días con la fecha de salida, pues parece ser que hay problemas con el transporte, y, de todos modos, yo tampoco me quería marchar de aquí sin despedirme de tu hermana y su familia, que van a llegar un día de estos de Aranjuez.
Sebastiana está loca de alegría y Margarita también. ¡Dios quiera que todo sea para bien! Mi parecer sobre Juanito no es diferente del tuyo. Bien se ve que es un chico de muy buena condición y ya conocemos a la familia, que son personas de inmejorable reputación. El muchacho es, además, guapo mozo y de muy buen trato, y estoy segura que Sebastiana va a vivir bien con él, porque ella no es criatura de grandes ambiciones, sino al contrario, que aprecia más que nada la sencillez. Dicho esto, bien es verdad que había pensado yo otro partido para mi hija, pero no me voy a hacer mala sangre por esto, que después de la prueba que venimos de pasar, y sabe Dios las que nos reserva, lo importante es disfrutar de las cosas buenas que nos va dando la vida, sin pedir demasiado. Así es esposo mío, que si este viaje nuestro acaba bien, tendremos que pensar en casarlos y que Dios nos conceda verlos felices con muchos hijos.
Pepe y Xabierito ya no se pueden contener y cuentan las horas para volver a verte. ¡Cómo nos alegrará que padre se anime a bajar hasta Campo! Todos tenemos ganas de verle y abrazarlo.
Con estas novedades en la familia, hemos dejado de hablar del resto del mundo, ¿Cómo van las cosas por Benasque? Como nos gustaría que me pudieras dar la noticia de que todo se va arreglando y que podemos subir ya a casa. Pero no puedo pedir tanto, ya es mucho que pronto pueda volver a verte. Un abrazo grande de tu esposa, Pepa".
Benasque, 1 de noviembre de 1792
Querida Pepa:
Cuando llegues a Zaragoza quiero que encuentres noticias mías. Por Juanito ya te mandaré otro mensaje, pero, si por cualquier razón él se retrasara, vosotros no os vayáis a intranquilizar y pensad que ya es como si estuvierais en casa ¡Que cerca os tengo ya!
Quiero tranquilizarte también, sobre la respuesta que nos ha dado tu hermano, pues, según me puso en la carta y de persona le dijeron al mensajero, tanto él como su mujer, están muy contentos de que vayáis una temporada con ellos, que allí no os va a faltar de nada y están deseando veros. Ha insistido mucho en que me vaya yo unos días con vosotros y, de verdad que se lo agradezco, pues aunque había decidido no moverme de Benasque, por guardar las propiedades, ahora Juanito y papá me dicen que ellos se pueden hacer cargo de todo, al menos unos días, y como son tantas las ganas que tengo de estar con vosotros, y son tantas las cosas de las que tenemos que hablar, si todo va bien, cuando nos encontremos en Campo haremos un relevo y Juanito se subirá con padre y yo me marcharé con vosotros a Los Molinos.
Cuento ya las horas para veros. Mil besos y abrazos . Tu amante esposo. Pepe.
Los Molinos, 2 de diciembre de 1792
Juan:
Aprovecho el regreso de padre a casa, para que te entregue esa carta en mano. ¡Cuántas cosas tengo que decirte! La fecha de la boda ya la acabareis de determinar con padre, que por nosotros sigue siendo buena la del 2 de enero, tal como hablamos, a ver qué le parece a tu madre. ¡Así, 1793 será ya todo para nosotros!
Aquí estamos muy a gusto con mis tíos. La casa es vieja y grande y está llena de gente, pues hay cabida para todos, primos, abuelos, "tiones", tías, criados, pastores y no sé si me olvido de alguien. Qué diferencia con la soledad en la que hemos vivido estos últimos meses. Juan, yo quiero que nuestra casa también sea así, que sepamos acoger a todo el que nos necesite, que eso da mucha alegría. Pero ¡qué frío hace por estas montañas!, ya se me había olvidado.
El otro día fuimos con padre y mi tío a saludar al abad de San Victorián y a comunicarle nuestras intenciones, y no hay ningún impedimento, que cuando sepamos la fecha segura harán las amonestaciones y ya han comenzado a prepararlo todo. A mi me hubiera gustado más que fuera en Benasque, en Santa María, como siempre imaginé, pero ya es mucho todo lo que hemos conseguido, que nunca había soñado verlos a todos tan contentos con este matrimonio nuestro.
Si no has de poder bajar a verme pronto, al menos procura mandarme una carta, que aquí me tienes impaciente por saber noticias tuyas.Te saluda, la que pronto será tuya. Sebastiana."