sábado, 12 de diciembre de 2020

Una historia de Navidad

 EL AMIGO QUE LE RESCATÓ

 DE LA NIEBLA Y EL MIEDO


Era el 23 de diciembre, de hace mucho tiempo. Mi madre, que se llamaba Victoria, siempre había celebrado su santo ese día. Era el inicio de las super fiestas en casa, pues además de Nochebuena, Navidad, Nochevieja y Año Nuevo, el 28 de diciembre, día de los Inocentes, era el cumpleaños de yayo Juan y el 3 de enero el santo de los Danieles (había tres, mi abuelo, mi padre y mi hermano) y el 6 de enero la Epifanía y el santo de tía Dorita, Adoración. ¡Cada día una celebración!


El santo de mamá, el 23, lo celebrábamos con una comida especial, pero aquél día de aquél año mi padre tuvo que ir a Monzón por asuntos de trabajo y se decidió que retrasaríamos la fiesta a la hora de la cena. 

Toda la familia pasamos la jornada en plena efervescencia con los preparativos de última hora; mi madre con la comida, nosotros con el árbol, el belén, etc y cuando ya terminamos de hacer nuestras cosas, nos pusimos a esperar que llegara mi padre de su viaje. Normalmente volvía a las 4 o las 5 de la tarde, para que no se le hiciera muy de noche por la carretera, pero en aquella ocasión, aunque telefoneó a mediodía para decir que llegaría como siempre, resulta que se estaba retrasando... Era muy raro. Poco a poco nos fuimos poniendo nerviosos, porque los días anteriores había nevado y se decía que la carretera estaba helada.. A las 6 llamamos a Monzón y nos dijeron que había salido de allí hacia Campo después de comer. Entonces, ¿dónde se había metido? no era propio de él... ¿Se habría parado más de la cuenta con su amigo de Graus?

A las 7 más o menos, llamamos a ese amigo. Mi padre no pasaba nunca por delante de su tienda sin saludarlo, aunque fuera sin bajar del coche. Y el amigo nos dijo que por allí no había pasado, pero que no nos preocupáramos porque inmediatamente salía a buscarlo.



Fue esa decisión la que le salvó la vida. Junto con dos o tres personas más, su amigo emprendió viaje desde Graus hacia Monzón, para ver si lo encontraban averiado o con algún problema. Iban por la antigua carretera, con una niebla intensa, que no dejaba ver nada. No tuvieron que ir muy lejos, pues a pocos kilómetros de Graus les pareció ver un coche junto a un barranco. Fueron hacia allí andando como pudieron y el amigo enseguida reconoció el coche de mi padre. Con mucha dificultad pudieron rescatarlo. 

Ya eran más de las 12 cuando sonó el timbre de casa. Bajé a abrir la puerta y allí estaba mi padre acompañado por tres o cuatro personas, que lo sostenían. En aquella época no había móviles para comunicarse y como no quería que mamá lo viera en el estado en que se encontraba (para que no se impresionara) había decidido tocar el timbre, porque sabía que ella no bajaba a abrir. Iba todo ensangrentado y se había roto varios dientes. Lo llevamos a la habitación y entre varias personas lo limpiaron y atendieron. Papá lloraba, no podía hablar. Parece ser que ya habían querido llevarlo al médico antes de traerlo a Campo, pero él se había negado en redondo: quería llegar a casa cuanto antes. El médico titular de Campo se hizo cargo de él. Menos mal que entonces había personal sanitario en los pueblos.     

Pasó todas las Navidades sin comer nada, sólo podía beber caldo en un porrón, pero no faltó a una sola celebración. A veces le caían las lágrimas cuando nos miraba. Si alguien le preguntaba "¿Cómo estás Daniel?" el contestaba "Feliz". Y es que estábamos todos juntos. Gracias a su amigo.


  

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Los sastres


Coser y viajar


La llegada a Campo de mucha mano de obra, que venía para trabajar en los diversos proyectos que se llevaron a cabo en la zona a lo largo de varios años, como fue la construcción de la carretera, la central eléctrica, el canal de Avellana, etc. sirvió de reclamo para la instalación de comercios, bares, casas de comidas, alquiler de habitaciones, etc. así como de personas dedicadas a diversos oficios. 

Una de las personas que tuvo la iniciativa de instalarse en nuestro pueblo fue Joaquín Barrabés Castel, un sastre de Espés. Llegó en 1905, abrió la sastrería y consiguió hacerse con un buen número de clientes, no sólo de Campo, sino de toda la comarca.

Antonio Castel Ballarín, nuestro paisano y gran estudioso de historia local, nos ofrece más información sobre el fundador de la Sastrería Castel.

Parece ser que no se limitaba a confeccionar las prendas que le pedían, sino que después, a lomos de una caballería, las repartía por todos los pueblos y aldeas. Para hacernos una idea de la dificultad de esas entregas, pensemos que uno de los recorridos que hacía era, saliendo de Campo, pasar por Viú, y luego tomar una senda, que no un camino, que serpenteaba por las montañas hasta llegar a Bielsa, Laspuña o Lafortunada.

Antonio Ballarín Galindo fue el yerno del Sr. Joaquín Castel. A los 15 años ya entró a trabajar de aprendiz, como muchos chicos del pueblo. Habitualmente había uno o dos jóvenes aprendiendo el oficio, pero alguno se tenía que quedar sin poder hacerlo, pues el Sr. Joaquín no podía tener a tantos aprendices como lo pretendían. También acudían al taller chicas, que venían a aprender el oficio de pantaloneras. Recordemos que los aprendices el primer año no cobraban nada. En el segundo, tenían derecho a la comida. Y en el tercero, ya percibían algo de paga.

Antonio Ballarín no solo atendió la demanda local, confeccionando pantalones, trajes y chaquetas, para niños y adultos, sino que también atendía los pedidos de la Benemérita. El trabajo que hizo para la Guardia Civil lo recuerda con especial orgullo porque confeccionaba los uniformes de gala, que califica de verdaderas joyas. Para ello contaba con la colaboración de unas bordadoras de Zaragoza.

Como dato informativo, Antonio ofrece algunos de los precios de la época. Por ejemplo, en 1929, un traje de estambre costaba 90 pesetas. Un pantalón de niño pequeño, 7 pesetas. Un pantalón de pana, 17 ó 18 pesetas, si era de persona mayor. Un traje de lana para la primera comunión, 28 pesetas. 

Otros sastres: El Sr. Manuel Mascaray Salinas, a principios del siglo XX, instaló un taller de sastre en la planta baja de casa Mascaray, donde después se ubicó el bar. Pasado un tiempo lo dejó, para dedicarse a la fabricación de gaseosas, hielo, gestionar el bar, el salón de baile...

Fue allí donde antes de la guerra empezó a conocer el oficio José Ballarín Mur, al que le pilló el  conflicto armado cuando apenas tenía 14 años. Y después, cuando acabó, tuvo que hacer la mili. Gracias a lo que  había aprendido, pudo seguir trabajando como sastre mientras estuvo haciendo el servicio militar.

Una vez terminadas sus obligaciones con la Patria, se fue a trabajar a Tarrasa y Barcelona, donde estuvo unos años y, finalmente decidió volver a Campo. Era en 1947 cuando abrió su propio establecimiento, donde trabajaba con su esposa Asunción Ballarín Mur. Cerró la tienda en 1983, cuando se jubiló. A lo largo de los años, varias personas, especialmente chicas que aprendían de pantaloneras, trabajaron en su sastrería. Tenía el local en la calle de la Iglesia, en la conocida casa Güel.  

También José Ballarín servía sus pedidos a domicilio, pero él atendía a la clientela con bicicleta. Con ella llegaba hasta Mediano, donde se estaba construyendo el pantano y había mucha demanda. Allí atendía a sus clientes en un conocido bar: un domingo tomaba las medidas, al  siguiente se hacían las pruebas y el domingo después ya entregaba las prendas confeccionadas. ¡Trabajaba rápido! 

Y para terminar, queremos mencionar también a Enrique Subías, que también aprendió el oficio con el señor Joaquín Barrabés Castell. Después, trabajó y siguió aprendiendo en Barcelona, con unos familiares de su madre. De vuelto a Campo, donde instaló su sastrería, se casó con Asunción, una joven de Torrelaribera, que había aprendido a coser con su madre modista, que se había sacado el título de Corte y que resultó ser una gran ayuda en el taller de su marido. Por allí pasaron muchos aprendices, chicos y chicas (como Pepe Morancho, que se instaló después en Barbastro, etc.).  

El oficio de sastre permitió a muchos jóvenes de Campo ganarse bien la vida en las ciudades a las que emigraron, aparte de los que optaron por quedarse en el pueblo. 

lunes, 7 de diciembre de 2020

¡Nieve!

¡Ha nevado esta noche en Campo!        












¡Gracias a Roberto Laencuentra, Pili Ballarín, Pilar Castillón, Celia Miranda y Jaime Mur,  por dejarnos publicar vuestras fotos! Gracias a todos vosotros podemos ver, los que estamos lejos de allí, lo bonito que estaba Campo esta mañana.

viernes, 4 de diciembre de 2020

Se necesitan

Flores e insectos














Estas fotos tan preciosas, también son de Hugo Soria ¡Merci, Hugo! 

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Interlocutora monotemática

 

Hablando con mi tía

Últimas noticias, informe metereológico.  Dorita al teléfono.



- Hola, Dora, ¿qué tal estás?
- Ben, pero esta chén mos farán lloquiá.
- ¿Qué pasa pues?
- Pues que hoy han tocao las campanas al Rosario y resulta qu´el feban en San Antonio.
- Hombre, pues te cae más cerca, mejor ¿no?
- ¡A que fín! ¡A que fin! si fa un frío allí que te chelas. 
- Pues no pases frío, Dora, si ves que...
- Y mañana la misa en el cementerio, allí mos chelarén tozs.
- ¿En el cementerio? Pues no te quedes todo el rato, mujer...
- Que fa muy mal tiempo, ¿aón s´a visto esto? no mos ha fecho verano y ahora ya tenín el frío aquí.
- Pues nada, Dora, a encender la estufa y quieta en casa...
- De día aún se está ben, que fa sol, pero si te posas a la sombra, te corre por la espalda un friachón...
- Bueno, Dorita, tú cuídate mucho, abrígate todo lo que puedas.
- Nada, que el tiempo está lloco y mos fará lloquiá a tozs...
- Un abrazo tía, cuídate.
(Conversación publicada en el año 2014, cuando Dorita se quejaba del frío). 

martes, 1 de diciembre de 2020

Postal del Languedoc-Rosellón (Francia)

¡Cómo pueden ser tan bonitas!



Hugo Soria ha hecho estas preciosas fotos y Jose Murciano se ha encargado de hacérnoslas llegar. Gracias a los dos.