miércoles, 22 de junio de 2011

Los árboles frutales





"Más valen frutos que flores, que los unos dan sabores y las otras no más que olores".
Hasta mitad del siglo XX en Campo, como en la mayoría de comunidades rurales de montaña, no se comía mucha fruta. El motivo principal de que así fuera, es que el consumo venía delimitado por la producción local y ésta era escasa. Además, y aunque parezca raro actualmente, la fruta no tenía muy buena "prensa" y más que cualidades se le atribuían problemas, por lo que se comía con prevención. Para comprender este prejuicio hay que tener presente que la mayoría de las veces, por diversas razones, la fruta no se comía suficientemente madura y esa era la verdadera causa de que hiciera daño.
Podemos remontarnos a los Fueros de Aragón para corroborar la escasa popularidad que gozaba la fruta en nuestros pueblos. En las Ordenaciones hechas por Pedro IV, "Sobre el regimiento y orden de todos los oficiales de su Casa y Corte" refiere, en la parte correspondiente al Maestre Racional: "De las frutas que se han de servir en nuestra mesa. Puesto que los médicos no aprueban mucho el comer de las frutas..."




Ya en el siglo XVIII, la Real Sociedad Económica Aragonesa mostró su interés en las ventajas que podía reportar la fruta. Y como si se quería fomentar su consumo había que disponer de más árboles, se pasó a estudiar su implantación y los cuidados requeridos. Una memoria de sus clases de Agricultura, de fecha 1 de junio de 1781, decía así:
"Se trató igualmente de arreglar por manera de artículos la instrucción necesaria para la propagación y cultivo de árboles, y resolvió la Clase que se ordene desde luego la de los Frutales" y, señala, que se van a ocupar de preparar un estudio sobre algunos de ellos. Así, el Sr. Director investigará sobre los Cerezos y los Guindos; el Sr. Hernandez se cuidará de los Almendros; el señor Amat de las Moreras y el Sr. Torres, de los Perales. De los Melocotoneros, el Sr. Varachán; de Olivos se encargaba el señor Peña y de las Higueras el secretario.

El 29 del mismo mes, una Resolución informaba de las diligencias llevadas a cabo hasta esa fecha y se proponían nuevos objetivos para mejorar el conocimiento de los árboles. Además de destacar el éxito conseguido con el cultivo de las patatas, pues se informa que habían nacido diez de las doce que la Comisión había hecho sembrar, se daba cuenta de las memorias presentadas sobre los frutales, señalando que:
"También se juzgó a propósito, describir en un artículo la inoculación o arte de injertar árboles, para que sirva de lección preliminar a las demás. Este trabajo lo confió la clase al cuidado del Sr. Torres, quien lo aceptó muy gustoso". Se propuso continuar con la investigación iniciada anteriormente y el Sr. Director se encargó de disertar sobre el Acerolero y los Nísperos; el Sr. Torres sobre el Granado; el Sr. Varanchán sobre el Cascabelero y el Ciruelo; el Sr. Florensa sobre los Nogales y el Sr. Díaz sobre el Avellano".




Pocos años más tarde, en 1793, Miguel Dámaso Generés, sacerdote aragonés, en sus "Reflexiones Políticas y Económicas: la población, agricultura, artes, fábricas y comercio del Reyno de Aragón" también se ocupaba del tema de los frutales y, entre otras cosas, decía:
"¿Por que en vez de dejar las márgenes de las viñas incultos y estériles y lo que es peor, dominadas de zarzas y espinos que no sirven de otra cosa que de punzar y romper el vestido de quien pasa, no se pueblan de almendros, higueras u otros árboles? ¿Por qué no se puede hacer lo mismo en los grandes llanos de tierra blanca echando plantíos a lo menos en las márgenes, especialmente frutales y moreras, para aumentar la preciosa cosecha de la seda?".




Madoz, en su famoso Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico (1845-1850), al informar sobre Campo explica que en nuestro pueblo "se cultivaban varias frutas, si bien se esmeran poco en el cuidado de los árboles, por el abandono con que se miran los excesos que contra ellos se cometen, arrancándolos o robando el fruto antes de sazonarse".




Y éste era el verdadero problema: que no se dejaba madurar la fruta en el árbol. Unas veces la culpa la tenía las tormentas con "piedra", otras los pájaros, que la devoraban en cuanto empezaba a sazonar y, las más de las veces, eran (éramos) los mismos vecinos los que no resistíamos la tentación de probar lo que no era nuestro. La verdad es que no eran tiempos en los que se pudiera dejar de lado algo comestible, y toda la gente del pueblo sabía muy bien cuáles eran las primeras figas en madurar y las más dulces; si era buen año para los presiegos; dónde estaban las mejores peretas, etc. Pero lo malo era, que todos estos conocimientos no se quedaban en una simple cuestión teórica y venían acompañados de la parte práctica, es decir, la correspondiente "degustación" de la fruta a pie de árbol... Y eso era lo que desesperaba a los propietarios, que constataban impotentes cómo les desaparecía la fruta y los anónimos visitantes pisaban y estropeaban sus huertos y sembrado. Por eso, para remediar todos esos inconvenientes, preferían llevarse la fruta a casa, aunque estuviera verde.
De todos modos, este problema no era exclusivo de Campo, sino que era y es muy general. Ya dice el refrán: "Fruta de huerta ajena, es sobre todas buena", así es que ¡la tentación es muy grande!

(2ª foto: huerto y árboles: Nuri Reyes. 5ª foto: El Turbón y árboles: Angel Huguet. Resto fotos: árboles de Campo y Fruta: M. J. Fuster)


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