sábado, 12 de septiembre de 2009

La despensa (2)




Para los


lamineros...
















En la despensa no todas las provisiones estaban destinadas a preparar guisos y salsas, también se pensaba en proporcionar algún placer al paladar, tanto a la hora del postre como en los desayunos. Con este fin se preparaban:

Confituras.- La más común era la confitura de tomate. En muchos lugares no es conocida y casi resulta extraño utilizar el tomate para una preparación dulce, pero lo cierto es que resulta muy buena. También se hacía confitura de ciruelas, melocotón, higos. Antiguamente en la repostería se recurría mucho a las confituras, pues siempre se podía echar mano de ellas y hacían un buen papel, ya fuera para rellenar brazos de gitano o cualquier tipo de bizcocho, adornar alguna galleta, etc. También se hacía confitura de cabello de ángel.

El cabello de ángel propiamente dicho se obtiene caramelizando la pulpa de la "calabaza confitera" o "calabaza de cabello de ángel", que también se la llama así. Este tipo de cucurbitácea pertenece a la variedad de invierno y es más dulce que la calabaza que madura en verano. En Campo el cabello de ángel se usaba mucho para hacer pastillos de Navidad.

Melocotón en almibar.- Se cortaban trocitos pequeños de melocotón (para que "cundieran" más) y se conservaban en el almibar que se hacía. A medida que las economías familiares fueron mejorando, el tamaño de los pedazos de melocotón también fue aumentando, hasta acabar poniéndolos en conserva partidos por la mitad...
Orejones.- Se pelaban los melocotones (y también las manzanas) y se cortaban a trozos un poco alargados. Entonces se ponían a secar sobre un armazón de tela metálica. En casa de mis padres se ponía ese artilugio apoyado sobre la barandilla de un balcón soleado, y por la noche se entraban los orejones al interior de la casa para evitar la humedad. Durante el día se debía vigilar que no se pusiera a llover, pues se podían estropear si se mojaban. Estábamos tan mentalizados con este asunto que, en cuanto sospechábamos que iba a caer la primera gota de lluvia, todos gritábamos ¡los orejones! que era la consigna para precipitarnos a recogerlos. En muchas casas aragonesas tenían un balcón o galería cubierta que llamaban "el secador" y que era el lugar ideal para este tipo de función, pero a falta de ello cada familia se arreglaba como podía. Después de unos días con este proceso de secado, se guardaban los orejones en "morralitos" de tela para que conservaran el perfume y color durante todo el invierno.

Cuando no se disponía de suficiente cantidad de melocotones en los propios huertos, se procuraban comprar los de Navarri o los de Murillo, que eran muy buenos, especialmente los de viña. Por cierto, que también había muchos "abridós", que ahora son difíciles de encontrar.

Membrillos: con los membrillos (coduños), además de asarlos al horno como las manzanas (eliminándoles el corazón y rellenándolos de leche condensada estaban muy buenos) se hacía también confitura o mermelada o, incluso, los más expertos preparaban carne o dulce de membrillo.



Y no faltaban en la despensa, tanto para postre como para ofrecer a las visitas junto a un buen vino, algunas nueces, almendras tostadas, almendras garrapiñadas, castañas para hacer asadas... Colgados del techo, o de algún lugar estratégico (alguna viga, etc.) se guardaban racimos de uvas, manzanas, peras. Todo a consumir con moderación... que tenían que durar todo el invierno.



(Foto de uvas y membrillos del huerto del "Hotel Cotiella": M. J. Fuster. Foto pastillo: Nuri Reyes)





2 comentarios:

  1. Este blog me recuerda la cocina de mi abuela!

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  2. Jordi, que en cuanto nombramos algo de comer tú te acuerdas de tu abuela... !se nota que te cuidó muy bien! Gracias por tu compañía.

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