martes, 8 de mayo de 2012

Oficios: Panadero

A buen hambre no hay pan duro

Durante el siglo XIX y principios del XX hubo varios hornos de pan en Campo. Antonio Castel nos menciona el de casa del Fornero, el de Justino de Jaime, el de Puyol, el del Sr. Ramón Auset y el de la Sra. Jacinta. Actualmente está abierto el de Manuel Sesé, donde también se puede encontrar un buen surtido de repostería. Ramón Auset Abad ha tenido la amabilidad de darnos la información que él recuerda sobre el horno de su familia.
Nos cuenta Ramón que el pan se fabricaba sólo con harina, sal y agua, en un cuenco de madera. Ponían un kilo de masa por cada diez kilos de harina que querían fabricar. Dos días después, a esa masa la llamaban madre y era una masa fermentada que aumentaba el cien por cien. Después de haber pasado esos dos días, por la noche, con esa madre hacían la levadura añadiendo cinco kilos por kilo de madre. En invierno tenían que hacer fuego en el horno, para que no se helara. Al día siguiente hacían la hornada, que generalmente se hacía con una saca de harina de cien kilos. Una vez hecha la masa se pesaba en una balanza, donde ponían un kilo de plomo y doscientos gramos de más, por la pérdida que sufría el pan una vez horneado. Después de haber moldeado este pan de moños, también hacían barras y pan de tres kilos, porque así grandes se secaban menos. Estos panes eran generalmente para los pueblos de la montaña, que no podían disponer de pan a diario. Mientras se hacían esos diferentes tipos de pan, tenían que esperar a veces tres horas en invierno para que subiera la masa es decir, para que sufriera la última fermentación. De esa forma el pan de tres kilos duraba mucho y si lo guardaban en la bodega adquiría un aroma delicioso.
Ramón  recuerda todavía que cuando tenía sólo ocho o diez años, su padre le mandó  a pasar cuentas a casa Turmo de Merli, a la que cada quince días se le proveía de cuarenta y cinco panes de tres kilos. Desde Ejea tuvo que subir por la montaña del Obago y, al final, no era fáil porque estaba todo nevado. Cuando llegó a Merli, Ramón estaba extenuado y la señora de la casa le dijo "Querrás brendá... ¿verdad?". Con lo cansado y hambriento que estaba, él no tuvo fuerzas para rechazar la proposición, a riesgo de parecer poco educado, así es que la dueña le dijo "Te subiré de la bodega una pieza de  pan vuestro y una chulla de pernil". Ramón pensó que se comería el jamón pero que, desde luego, el pan que hacía quince días que les había servido no pensaba ni probarlo. Pero como el hambre convence de muchas cosas, cuando decidió ponerse un trocito de aquél pan en la boca, el aroma que tenía, su textura y lo tierno que todavía estaba, le pareció tan bueno que todavía hoy lo recuerda.
(Fuentes: Ramón Auset Abad. Foto gentileza de: Manuel Sesé).

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