lunes, 26 de diciembre de 2016

Las Navidades en Campo



Hace poco más de 50 años



Eramos críos. Nos lo pasábamos bien. En aquella época los niños no es que fuéramos el centro de atención de la familia, es que éramos más bien la periferia, pues, la verdad, no nos hacían demasiado caso. Como en estas fechas estábamos de vacaciones, nuestra misión primordial era no hacernos notar en casa, y había que escurrir el bulto algún rato para que los mayores se concentraran en sus cosas.

Mis hermanos se iban a jugar con sus amigos ¿a jugar? bueno, a algo parecido. Igual se construían un trineo para deslizarse por una pendiente que conducía directamente al barranco, como se dedicaban a recoger trozos de leña para la hoguera de la Plaza, o se dejaban resbalar por alguna superficie helada, sin más protección contra el frío, para su frágil anatomía, que unos pantalones de tela gruesa, unos calcetines de lana, tejidos por algunas manos amigas y unos sueters fantasiosos que les hacía mi madre. Debajo de su jersey también llevaban, eso sí, unos "cuerpos" o camisetas de tirantes, de lana gruesa color blanco sucio, hechas de punto de media por la misma persona que les hacía los calcetines... Lo más amable que se puede decir de esas prendas es que eran duras como piedras y ásperas al tacto.
Mientras tanto, yo, por ser la mayor, aunque aún era pequeña, tenía que hacer recados varios que me mandaba mamá, lo que suponía visitar todos los comercios de Campo, como casa Mazana, casa Baltasar, casa Josefina Mercedes, Casa Juané, Casa Pepeta, casa Blanch, etc. y cuando ya había terminado la gira, quedaba libre para mis cosas. Por cierto, esta estrategia de comprar en todas las tiendas del pueblo, formaba parte de la diplomacia rural pura y dura y la practicaban casi todos los vecinos. Según la expresión popular, "había que dar vida" a todas las tiendas.
Las niñas de mi pandilla teníamos un centro de reunión, que era el porche de San Antonio. Allí jugábamos a "Matarile lire lire", al "Señor Don Gato", "Han puesto una librería", etc. con toda la emoción y la tensión que implicaban estos juegos, pues nunca estabas segura de si te iba a elegir tu amiga del alma para salir al centro del corro o preferiría escoger a otra.
Cuando regresábamos a casa, mis hermanos, mojados y tiritando, y yo con los pies helados, pues iba vestida con falditas y sin calcetines de lana, íbamos directos a una estufa de serrín que teníamos en el comedor, y allí poníamos los pies debajo del hierro, para calentarnos. Esto estaba completamente prohibido por mis padres, pues después nos salían unos sabañones impresionantes.
El remedio al dolor de los sabañones, era pintarlos de yodo con una pluma de ave. Ni que decir tiene, que en cada una de estas sesiones de terapia pictórica, acababan coloreados los calcetines, los zapatos, el suelo y la estufa. ¡Tiempos aquellos, cuando hasta curarnos los sabañones era motivo de risas y alegría!
Y esperábamos con ilusión las fiestas que estaban a punto de empezar. 

(continuará)

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