porque hay cosas que no cambian
El 28 del pasado mes de agosto, hice un paseo matinal por el pueblo y estas son algunas de las fotos que pude tomar, para que los que no han podido ir este verano por allí, vean lo bonito que está Campo:
Un mirador del Altoaragón
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| El Notario. Gustav Majer |
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| Nocellas. Radio Huesca |

1. Estábamos ya a dos pasos de llegar a Campo, exactamente justo delante del túnel que hay en Navarri, cuando hubo un accidente dentro del túnel entre un tractor y un turismo. Tuvieron que venir los bomberos, porque el coche parece ser que se empotró en el tractor, pero afortunadamente no hubo heridos graves. Eso sí, enseguida se organizó bastante jaleo porque el tráfico se cortó en los dos sentidos de circulación. Los "nativos" tuvieron el reflejo de irse por la antigua carretera de Las Colladas, lo que permitió sortear el obstáculo a los primeros que lo hicieron, pero más tarde, un camión quiso hacer lo mismo y bloqueó la antigua ruta, por lo que los coches también quedaron parados por allí. Bueno, al cabo de unas horas todo volvió a la normalidad.
Barcelona. Agosto 2015. Me levanto
a las 7.45 y ya hace calor. Tomo el café. Riego un poco las flores de la
terraza. Miro mi correo en el ordenador. Recojo la ropa del tendedor. Arreglo mínimamente
el salón. Me ducho. Me preparo para la jornada.
Voy al zapatero a que me haga
unos ahujeritos en una lona. Delante de mi hay una cliente muy pelma que cuenta
y cuenta sus monedas para pagarle al zapatero los 1,70 euros que le debe. No
alcanza lo que tiene, así es que le dice que ya volverá a buscar los cordones
que le había comprado. Mientras tanto yo, sudando, dejo mi bolsa con las
chanclas en una repisa que hay en el mostrador… El zapatero me consulta, hace
lo que le he pedido, no me quiere cobrar nada, le doy las gracias y me marcho.
Voy al “chino” a comprar
servilletas de papel, etc. Llego a casa.
Bebo zumo de naranja, dejo el bolso, hablo con mi marido (justo para decir “ya
estoy de vuelta”) que está en el ordenador; me cambio de ropa y busco la bolsa
con las chanclas. No la encuentro. Hago varias inspecciones oculares por todos
los cuartos de la casa. Nada. De repente ¡idea! Me acuerdo que las he dejado en
el zapatero, en aquella repisa del mostrador. Hace mucho calor, pero me cambio
y salgo corriendo y volando a buscarlas. Demasiado tarde, ya no están. El
zapatero me dice que no ha visto ninguna bolsa, alguien se las habrá llevado.
Regreso a casa. Me cambio y hago alguna cosilla para poner orden, mientras
espero al repartidor del super.
Preparo la comida, comemos, limpio la cocina y me tumbo en la cama. Me quedo
dormida hasta las 4.30.
Me despierto sobresaltada,
preparo café para mi marido y para mi. Me cambio y salgo otra vez al zapatero a
ver si alguien (el ladrón/a) ha devuelto las chanclas. No, nadie ha traído
nada. Vuelvo a la zapatería de calzado infantil donde he comprado por la
mañana. Delante de mi hay una pareja con un niño y una niña, probándose todos los zapatos de la tienda. Además
de ellos, esperado su turno, hay una mamá con dos niños que no paran de
pelearse. Al cabo de unos 10 minutos, le digo (grito) a la dependienta “¡me han
robado!” y eso causa cierto revuelo, todos me miran de repente. Cuento
brevemente mi caso, la empleada se enternece, me va a buscar el otro par de
chanclas que le quedan y me cuela delante de todos sus clientes. Pago y salgo.
Voy a otro super y a una tienda especial de comestibles, a ver si encuentro
cajitas de cereales individuales para mi nieto que vendrá pasado mañana, si
Dios quiere. Los dependientes a los que pregunto me miran raro, se ve que hace
años que ya no existen… “¿se sigue
fabricando eso?” me preguntan con cara de asco.
Al llegar a la portería, decido
ir al cuarto trastero, que está en el piso -1, para buscar la sillita del coche
que necesitará mi nieto. La cojo. Aprovecho para coger también una bolsa grande
que necesito y voy al ascensor. Me meto yo y mis cosas (congelados, sillita,
bolsas…) pero, ¡oh, no! La bolsa grande se queda enganchada en la puerta y no la puedo abrir. Intento sacarla estirándola, pero es
imposible. El ascensor ni sube, ni baja, está inmovilizado. Llamo con el
botón de alarma para ver si me oye el portero (que no he visto al llegar) pero
nadie responde. No quedan vecinos en la casa, casi todos están de vacaciones.
Respiro, lo más tranquilamente posible y procuro pensar lo más razonablemente
posible, sin dramatizar, cosas frívolas tipo "¡si al menos hubiera pillado el otro ascensor que tiene
espejo!" Oigo ruidos y me pongo a gritar, primero con volumen de voz normal ¡ascensor! ¡aquí, ayuda! después, a todo pulmón ¡ASCENSOR! POR FAVOR, ¡NO PUEDO SALIR! El
esperado portero viene y me salva. Llego a casa sudando, voy a contarle todo lo
que me ha pasado a mi marido pero, antes de empezar a hablarle, sentado delante
de su ordenador, con los ojos fijos en la pantalla, me dice “¡Ah! te estaba
esperando para que me bajaras un poco más el aire acondicionado…”. 
Lo mejor de todo de estos días, es que la gente se reúne en familia y participa activamente en todas las celebraciones. Eso es bonito. Lo peor, es que los que hemos perdido a muchos familiares, pues ya no tenemos ganas de tanta celebración, ya que en estas ocasiones es cuando más se encuentran a faltar los que se nos han ido. El consuelo que nos queda son los recuerdos de los buenos momentos de otras fiestas. 
Como dice el poeta, todo llega y todo pasa y, después de haberla anunciado tanto, ya ha hemos hecho la esperada exposición de hueveras en Graus. El balance, por muchos motivos, ha sido muy positivo, aunque quizás no nos ha visitado tanto público como el que suele acudir a estas manifestaciones.