jueves, 12 de noviembre de 2009

Prepararse para el frío





El (escaso) calor


del hogar






Así como llegado el otoño se procuraba llenar las despensas y los graneros para poder pasar traquilos los meses de invierno, también había que pensar en hacer acopio de leña y otros combustibles para calentar la casa y alimentar las cocinas.
Hasta los años 60 ó 70 nadie tenía calefacción y en los hogares los únicos focos de calor eran las cocinas de leña. En algunos domicilios se contaba, además, con un brasero o alguna estufa. Estas estufas se alimentaban con serrín, cáscaras de almendras, leña o con cualquier otra materia combustible de la que se pudiera disponer.

Por cierto, que preparar la estufa de serrín tenía su técnica, pues había que "cargar" un cubo con un palo dentro, mientras se iba apelmazando el serrín a su alrededor con otro palo. Cuando estaba lleno el cubo se colocaba dentro de la estufa y entonces se sacaba el palo del interior, procurando que no cayera el serrín por el agujero que había quedado en el medio, pues era por allí por donde tenía que subir la llama.

Antonio Castel nos cuenta que la primera fuente de abastecimiento de las familias de Campo era el Caixigá, de donde se traían las ramas y troncos de los cajigos. También se traía leña de carrasca del monte Naspú y se bajaban cargas de romeros de encima del Gradiello. Toda ella se solía apilar en las entradas de las casas, o se llevaba a la era que había cerca de los domicilios o a los corrales próximos.

Esporádicamente se podía encontrar leña en las "lleras" del río o del Rialgo, pues a causa de las tormentas crecía el caudal y arrastraba troncos y ramas que después quedaban desparramados por su cauce.

Otros modos de aprovisionamiento era comprarles la leña a algunos vecinos de Viu, que la bajaban a vender a Campo, o ir a adquirirla a alguna de las dos serrerías que había en el pueblo, donde se podían obtener trozos de madera de pino, restos de la sierra de troncos cuando se hacían tablas y tablones.

Aunque dentro de las casas los grados de temperatura no eran muchos, el verdadero calor de hogar no solía faltar y cada uno hacía frente al frío como mejor podía: en la mesa, con caldos, sopas, cocidos y algún trago de vino en el porrón, y para vestir, bufandas, toquillas y calcetines y camisetas de lana (de las que picaban) hechos en casa. A la hora de ir a dormir, calienta camas (con brasas), bolsas o botellas de agua caliente, peucos y muchas mantas. Y al mal tiempo ¡buena cara! Había que aguantar el tipo sin dramatizar, al fin y al cabo el invierno son tres meses y pasan volando...





(Foto del brasero de Antonio Castel, las otras dos y el dibujo de la estufa de M. J. Fuster)





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